miércoles, 14 de enero de 2009

Capítulo 2

Nota enlace: Me complace continuar la publicacion virtual de mi novela "Entre sabores y sinsabores". En el archivo que aparece a la izquierda de su pantalla se irá configurando el detalle de la estructura completa de la obra. Se sugiere al lector seguir el orden cronológico que presenta el archivo.




Un adolescente de 18 años fue asesinado hoy a balazos al salir de su casa del barrio “El estruendo” en el partido de Lanús. El chico se dirigía a su trabajo y fue asaltado por dos jóvenes que le dispararon a corta distancia.

Otra vez, otro despertar horripilante, enojarme conmigo misma ya no me alcanzaba, algo significaba la persistente golpiza de cada día.
Juan volvió a mi cabeza y a mi corazón ¿Por qué negarlo? Acepté ante mí, aunque nunca lo había hecho ante él, que los eventos, transmitidos por los medios de información, se transforman en un espectáculo, que nos daña, nos invade, nos penetra y trae aparejado cambios en nuestras conductas cotidianas. Ya la ola de violencia nos muestra no sólo lo que acontece en nuestro barrio o país, sino todo aquello que sucede a distancias inimaginables. Efecto negativo en grado superlativo, según Juan, que nos intoxica. Sufrimos por lo nuestro, por los de Venezuela, España, Irán, en fin sufrimos accidentes, bombas, violaciones, robos, raptos, suicidios, todos los impactos que se nos ocurran están allí en la radio que encendemos en nuestro auto, en las pantallas de nuestro televisor y ordenador, en una continua actualización que revela que esa catarata de sucesos arman escenarios catastróficos interminables. Chicos que mueren y el mundo entero lo sabe y los busca, ¿Padres asesinos? o ¿Quién?, Verdades, ficciones, exageraciones, testimonios, relatos, opiniones de familiares, abogados de víctimas y victimarios. La sangre que se convierte en tinta, tinta roja, ojo que no es el tango, sangre tinta que corre para cada hecho que nos lo cuentan una y otra vez en múltiples bis que hacen ecos inacabables y que se repiten infinitamente. Ya no distinguimos entre la realidad y la ficción, se crean climas de opinión plenos de incertidumbre y miedo hacia los tiempos por venir. ¡Pero, estoy hablando como Juan! Cuando me decía lo del tango, tinta roja, me ponía loca.
Si hubiéramos estado juntos en este momento me hubiera dicho si hasta Calamaro lo canta:

“Un amigo sale poco de su casa, tiene razón, allá afuera todo el mundo va armado…”

Entonces, la asaltada le efectuó un balazo que le dio en el pecho y le provocó la muerte en el acto.
Me levanté como una saeta, salí disparada y apagué el televisor manualmente, no me importó que se desprogramara, justamente ése era mi objetivo! Sonreí victoriosa. No me interesaba en ese momento saber dónde estaba el odioso control remoto, seguro que donde siempre, pero yo, yo estaba en otro punto, en otra decisión.

Jugo de pomelo y antiage en mano me acompañaron en una nueva programación para mis despertares. Seleccioné Adiemus y Celtic Rain, ambas melodías conforman 8:36 minutos de bella música que preparan sabiamente a la guerrera que hay en mí para el viaje cotidiano.
Estaba contenta, atrás había quedado no sólo el sabor dulce sino también el sabor amargo de la noche vivida con Pedro.
Muchas veces terminábamos así y después volvíamos a intentar.
"-¿Qué? ¿Qué? ¿Qué intentan? "me preguntó Donna a los gritos tantas veces. Yo no sabía muy bien qué responderle, pero Pedro puede conmigo, es paciente, tolera mis excentricidades y él me gusta, me hace sentir bien, por lo menos en muchos momentos. Después la cosa suele encarajinarse, ni los masajes de Doris me preparaban suficientemente para atravesar incolume la expectativa de mi compañero y todo se va para atrás; él quiere más y yo quiero, sí! pero hasta un límite. El tema de alguna manera se repite, es el tema de mi vida. No estoy dispuesta a compartir mi baño, mi cama, ni siquiera mi control remoto que ya empezaba a mirar nuevamente con buenos ojos.

Sé que con Pedro la cosa no es tan difícil de manejar. Me repito incansablemente que es cariñoso, dedicado, complaciente, pero siempre concluyo dolorosamente que no lo amo. Cuando pienso en esto me siento una malvada, pero es así. A Juan lo amo y lo amaré. Por siempre…Con Juan fue distinto… Sin embargo, aún con Juan, a pesar de tener un sentimiento tan fuerte, tan profundo no estuve dispuesta a hacer concesiones, para mejor decir, no estuve dispuesta a hacer una concesión en particular, en ese entonces, se me imponía pelear y defender a ultranza mis posesiones y tener el control, no me refiero al remoto, sino al de natalidad. Y esa pelea la gané perdiéndolo. Bueno alguno tenía que perder, en verdad yo perdí.

Un sentimiento dulce viene hacia mí…

El vencedor recibió de la vida un hermoso trofeo de pelo rubio como el sol y ojos color miel. Valió la pena. ¿Valió? Pregunta que viene hacia mí muchas veces desde aquel día en septiembre pasado cuando, al terminar una de nuestras reuniones ENTRE6, se acercó Ingrid y me dijo que su amiga María se había topado con Juan y su mujer en la sala de espera del pediatra. Enmudecí, me fui con la cabeza como un zapallo gigante lleno de sensaciones.
- Te lo digo porque prefiero que lo sepas por mí, ya sufriste bastante ( me abrazó )
- Sí, está bien, lo sé, lo imaginé tantas veces, ahora sé que es verdad, es un desgarro pero necesario, todavía no encuentro la forma de dejar de morir de amor, y sabés me muero un poco cada día. Es una bendición tenerlas a ustedes junto a mí, a Loretta que me acompaña hace tantos años y ejercer este trabajo que elegí, que renueva mis fuerzas, me estimula, me saca del pozo donde me veo muchas veces.
La besé con gran afecto sabía que me estaba protegiendo y que todas las ENTRE6, si bien tenemos el don de contener, el punto de partida siempre es la verdad de lo que ocurre, no hay miramientos como dice Helena, lo que es es, y entonces, veámoslo y elaboremos para posicionarnos mejor ante lo que nos toca vivir.
Me fui, cabisbaja, recordando pedazos de una canción que no dejaba de sonar en mi interior y que Charles cantaba para mí en los momentos de mayor desolación.

“Un mundo cruel me ha condenado, sin compasión me ha sentenciado, en cambio
no siento temor, morir de amor Morir de amor es morir solo en la oscuridad cara a cara con la soledad sin poder implorar clemencia ni piedad, tú eres la luz y en mí anochece .Con frente alta y firme paso he de vencer este fracaso disimulando mi dolor morir de amor”.



Cuando aquel día hablé con Donna y le conté me dijo:
- bueno ya están todas las cartas de este juego más claras, ya sabés.
- Y entonces, escuchá la letra de la canción, llorá y dale fin. Acordate lo que te
conté un día sobre lo que dijo Dostoievski ¿te acordás?
- No
- Bueno te repito él dijo “No hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos”.
- ¿Y entonces?
- Eso que te dije, hacele un lugar a los días nublados, ya vas a ver de nuevo el sol
y escuchá lo que canta Miguel Bose todas las veces que lo necesites
- No es Morir de amor de Bose es la que canta Charles Aznavour.
- Bueno, la indicación es la misma, si querés voy a tu casa y la escuchamos juntas, te sugiero que
le lleves la letra a Loretta y la trabajes.

Y así lo hice. Aumenté de común acuerdo con mi terapeuta la frecuencia de sesiones, para trabajar más a fondo muchos pasajes de mi vida que hasta ese momento sólo los había enunciado. Recorrí con Loretta mis sentimientos, mis pesares, mi modo de vincularme, revisé los planes que tenía en mi cabeza desde antes de conocer a Juan, mi vida sola, desde la muerte de mis padres; más tarde mi vida con Juan, acompañada, compartiendo, es decir, una serie de asuntos que procesados devinieron distintos, armaron nuevos entramados y fue así que después de algunos meses empecé a darme cuenta de que podía vivir de amor. Algo me había sucedido, fue eso, como un darme cuenta… los pensamientos iban y venían y hoy me sigo preguntando cómo empezó a surgir en mí una Annabella amante, vital, sin expectativas de ningún tipo, recibiendo lo que viene dado, viviendo el amor desde lejos, no como la Rosita de Lorca, que vivía una ilusión vana, en medio de desengaños, promesas incumplidas y frustraciones. Juan nunca se comprometió a vivir una vida sin hijos, jugó siempre con las cartas abiertas, si bien sabía mi posición cuando la reconfirmó indeclinable entonces se alejó.
Cuando ya no estuvo junto a mí cada mañana, la tristeza me embargó y si bien las lágrimas no fueron tantas me sentí literalmente atravesada por un dolor indescriptible en el pecho, la cabeza cansada de tanto pensar y un cuerpo que ya no sentía. Entonces me pregunté por qué inmolarme, sufrir, avinagrarme aún desde la distancia podría seguir amándolo, desde mis risas, con mis recuerdos, lejos de Juan, pero amándolo, por siempre, eso no me lo podía impedir nadie.

Esa mañana iba a trabajar "at- home", tenía un sinnúmero de averiguaciones que hacer necesitaba recopilar información para diseñar en cuero, esto significaba trabajar con materiales nuevos, hilos especiales, ver con detenimiento el asunto de los moldes, la inversión económica, debía observarla con detenimiento, ya que sería mayor de la que había sido hasta el momento. En fin, me esperaba un trabajo de ardua investigación, mi consigna es ser cuidadosa, nunca emprendí nada nuevo sin probarlo suficientemente, las chicas suelen hacerme bromas por mis características obsesivas.
- Deberías trabajar en seguridad.
Siempre me río pero sigo firme, meticulosa, autoexigente.


La tarde siguió su ruta predelineada, después de terminar de hacer unos llamados y enviar unos mails me preparé para salir. Llovía. Mientras caminaba con paso ligero hacia las cocheras, mis pies serpenteaban para evadir los pequeños charcos y en mi cabeza revoloteaban pensamientos: el paraguas nuevo, acomodado prolijamente desde el invierno pasado en el baúl del Megane, junto a las reposeras y las sillas de camping sería un buen aliado protector.Recuerdo que cuando lo compré, estaba tomando un café con Myrhiam en el shopping de Luis María Campos y se largó una lluvia descomunal, las dos nos compramos sendos paraguas, yo elegí el negro, la vendedora, que más hubiera valido no agregara nada, habló más de la cuenta:
- Es unisex, fíjese, un modelo con mango simple y negro.
Sólo la miré sin dejar de preguntarme para qué había agregado todo eso, ya la compra había sido decidida y qué sabía la mocosa de mi vida, de mi casa, con quién vivo, si soy lesbiana, estoy sola o acompañada. Debí quedarme mirándola.
- ¡Eh! ya pagué, ¿viste que bueno que está ese conjunto de pantalón y campera?

Me lo tuvo que repetir tres veces.

- Ah... sí, muy lindo
- Lo pagué con la tarjeta mía después arreglamos, vamos.

Dejé mis elucubraciones y volví a mí .

Abrí el baúl ahí estaba mi paraguas unisex, sonreí y me sentí hacer un “no me importa” con los hombros, claro que me importa. Dejé las carpetas que me había pedido José Luis, mi contador y mi cartera italiana, diseño exclusivo, más bien se podría decir exclusivísimo dado los euros que tuve que desembolsar, no tenía ganas de perderla en manos de algún amante de lo ajeno, además llevaba otros papeles de importancia. Este asunto de dejar la cartera en el baúl se había vuelto de uso corriente entre las mujeres, que hacían circular la información de sus desventuras en una Buenos Aires acechante y peligrosa. Este nuevo hábito era y es todavía una suerte de semiprotección ante los robos frecuentes. Hele, Ingrid y yo misma no vimos en medio de vidrios rotos, grandes sustos, ladrones en moto, escapatorias frente a nuestros ojos anonadados y con el corazón latiendo a mil. Nuestra ciudad nos presenta hoy, en medio de un paisaje pujante, con construcciones por doquier, seres humanos que arrebataban a otros seres.

Viene a mi memoria la letra que canta Serrat cuando que dice
“aquellos cachorros de buenas personas, que hurtaban flores para regalar a su mamá y daban de comer a las palomas”
¿Son ellos los que nos despojan? llevándose no sólo algún dinero sino documentos y pequeños objetos amados que solemos tener entre nuestras banalidades.

La que había llevado la peor parte de estas situaciones de despojo fue Ingrid, no era la primera vez que la vida le daba un sacudón, lo cierto es que, mientras hacía una maniobra para salir de un estacionamiento giró su cabeza hacia la derecha en el preciso instante en que con piedra en mano hicieron estallar el vidrio de la ventana para tomar su bolso y huir. Resultado, heridas varias en cara y cuello. Afortunadamente hoy está recuperada y sólo quedó una pequeña marca debajo de su ceja izquierda, no puedo decir lo mismo de las secuelas internas que según Donna tomaron la forma de un trastorno de estrés agudo que la mantuvo encerrada en su casa las tres semanas siguientes, y al decir de nuestra amiga profesional en la materia, si bien se parece en un primer momento al estrés postraumático el tiempo del padecimiento marca la diferencia.

A las cuatro me despedí de mi contador y me encontré con Merin, mi amiga taurina como suelo decirle, ella es de visión amplia, con gran practicidad, activa e inteligente. Nos gusta compartir espacios de conversación y esa tarde decidimos tomar la merienda en su casa.
- Hola, pasá.
- ¿Cómo estás? ¿Y Franchu?
- Está con un poco de temperatura, creo que es una gastroenterocolitis.
- Y entonces, ¿Qué se hace?
- Dieta, mucha agua, lo voy a observar y según… llamó al médico.
- Ah, ¿puedo verlo?
- Hola Tía Belu. ¿Me trajiste algo?
- Sí, pero lo vamos a guardar para cuando lo puedas comer. Te propongo charlar un poco o hacer un dibujo porque bailar twist no podemos ( le guiñé un ojo).
- Papá me dice que bailás cuando jugás al golf.
- No exactamente, la tía Belu te va a llevar un día al campo de golf y te voy a mostrar.
Abrió los ojos grandes y me dijo varios sí moviendo su cabeza, en tanto asomaron todos sus dientes, bah, es una forma de decir, algunos estaban con ausencia justificada por renovación.
- ¿Qué hacemos ahora?
- No sé. decime vos.
- ¿Querés que juguemos al crucigrama? con Helena a veces juego.
- Bueno.
Mientras abría la caja y sacaba las fichas y el tablero me preguntó si recordaba cuánto nos divertíamos en el parque, cuando íbamos a los juegos y a la calesita.
- ¿Te acordás tía Bella de Nerón?
- ¿ Nerón?
Busqué inmediatamente en mi archivo mental, no arrojaba ningún dato al respecto. ¿Cómo podía olvidarme de ese nombre? Me detuve, me adentraba más. Exploraba en mí cuando la voz de Franchu volvió a sonar
- ¡Sí! tenía un nombre más largo pero el tío…Bueno, nada, nada, no sé si querés hablar de eso…
- Por supuesto que quiero hablar… dejá que me acuerde…era … si – me reí- Nerópulus, el calesitero griego.
- Sí, ése que me daba la sortija.
- Bueno muchas veces te la ganabas
- El tío Juan me había enseñado cómo hacerlo y yo lo sorprendía a Nerón y se la sacaba… ( sonriendo).
- Sí, me acuerdo, de la música y los colores, y un amiguito que siempre encontrábamos con su
hermanita…
- y del caballito que después no estuvo más, se enfermó… ( triste). ¿Decime tía estoy muy
grande para ir a la calesita? Porque mamá a veces me dice que soy grande y otras veces me
dice que soy chico.
- No, Franchu -le acaricié los cabellos- no sos tan grande como para no ir, si querés te puedo
llevar, apenas estés bien le pedimos permiso a tus padres y vamos.
- ¿Nosotros dos solos?
- Sí, nosotros dos. (no quise agregar nada más, estaba bueno hablar pero no tanto, mis propias
encrucijadas aún me mortificaban).

Comenzamos a jugar, a formar palabras, a cruzarlas, siguiendo las instrucciones del manual. Mi mente, siempre saltarina, iba de acá para allá, en medio de los cruces afloraban partes de mi vida con Juan que si bien estaban muy guardadas dentro de mí, los cerrojos que había puesto no podían impedir que algún intruso inocente lleno de afecto, entrara y hurgara en recuerdos que no sólo me pertenecían.
El tiovivo, como llamaba mi padre a la calesita, me traía no sólo los recuerdos de los paseos que hacíamos con Francisco chiquito sino los de mi infancia; me recuerdo caminando de la mano de mi padre, mirando las hojas de los árboles, las flores, las palabras de los carteles que leí primero balbuceando y luego de corrido, los hermosos colores del gran parque, parque que luego con los años cobró una dimensión reducida a aquella que internalicé de pequeña…
- Foto... ¡tía mirá! Es una linda palabra… me gusta mirar las fotos de cuando era chiquito y
estaba con mamá y papá y vos y Juan; hay una que estoy con la abuela Luisa y tiro con una
cuerda larga un camión que me regalaste.
- Sí ¿rojo?
Recordé que lo habíamos comprado con Juan en una feria, ese mismo día habíamos elegido un hermoso juego de manteles y servilletas que también tenían un ribete rojo, aún los conservo…guardados, encerrados en algún lugar… ¡Cuánto tiempo sin recordar esa mantelería que quedó asociada al juguete de Franchu.
- Sí ( movía su cabeza asintiendo y contento porque me acordaba).
- Galope, es una palabra larga, vale muchos puntos, ves…
Seguimos jugando, acordando por momentos, desacordando en otros, había que estar atenta, Franchu en varios pases devenía inventor de palabras…

A mi mente seguían llegando recuerdos, era como si reabriera un enorme buzón de cartas lejanas que me recontaban mi vida.

El Nerón de mi niñez era Tito, un calesitero cariñoso que siempre hablaba con papá mientras yo disfrutaba de mis fantasías, en las cuales, a veces era una amazonas cabalgando en un hermoso ejemplar que subiendo y bajando iba hacia lugares desconocidos, otras veces, era una campesina fuerte que manejando un tractor araba la tierra o una dama elegante, que sentada en un hermoso coche iba a una celebración muy especial en un castillo; la fantasía que más me gustaba era la de ser piloto de aviación, el problema que tenía en ese caso era que, el pequeño transporte que simulaba andar por los aires, estaba muy alejado del borde externo de la calesita, lo cual me impedía tener la chance de ganar la sortija con el consiguiente premio de una vuelta gratis. Papá siempre me decía que en la vida hay que elegir, no podemos tener la chancha y los veinte. ¡Qué manera rara de decirlo! Me costaba entenderlo, pero luego, con su enorme disposición para explicarme, mis ideas se fueron aclarando en un proceso enriquecedor dando lugar a aprendizajes que aún siguen vigentes.

Un día, dolorosamente y a una edad difícil para cualquier postergación me vi obligada a dejar para otra oportunidad el goce de mi vuelta gratis, que siempre me resultaba más hermosa, atrayente y fascinante que todas las vueltas pagadas por mi padre. Habíamos salido de casa los tres, la pequeña familia, como solíamos llamarnos. Y ahí íbamos, canturreando suave. Caminábamos lentamente. Papá en el medio, con su brazo izquierdo rodeando la cintura de mi madre y con su mano derecha apretando la mía del corazón. Mamá con su falda negra y su blusa rosa avanzando un poco distraída y yo con mi vestido celeste y mis trenzas recién hechas, así, lo recuerdo bien, como una imagen en movimiento tatuada dentro de mi ser; así entramos orgullosos al parque. Despaciosamente nos acercamos al carrusel, saludamos a Tito, mamá se sentó en los bancos donde se sentaban todas las mamás. ¡Me gustó tanto verla allí!… Era mi primera vuelta del día en ese enorme plato que me trasladaba a mis ensoñaciones, había elegido a Chanchurri, así había bautizado al cerdo que con una cara redonda, ojos grandes, orejas erguidas y hocico rojo, solía darme buena suerte y no me falló. Gané mi primera sortija.

Es una imagen perfectamente grabada en mí: Tito parado con una bocha de madera e insertada en ella la sortija anhelada, mi mano extendida, sudorosa, nerviosa y deseante, algo del éxito se jugaba en mis pensamientos, los deseos de que mi padre viera que podía obtener algo por mí y para mí.
Con el correr de los minutos supe que sería la única vuelta de ese día, coronado además, por el enorme displacer de escuchar llorar a mi madre, que, por alguna razón inentendible para mí, gritaba por lo bajo y lloraba tomándose la cabeza con las manos. A pesar de mis ruegos para no perder mi vuelta trofeo, aún con lágrimas bien argumentadas, nos tuvimos que ir. La frustración fue enorme y no aminoró a pesar de las palabras de Tito
-La próxima usás la vuelta del premio, no llores.
Me pregunté durante muchos días porque no se lo había reprochado a mi madre… porque no me había enojado con ella, porque no me quejé y sólo sufrí y lloré.

- Estoy esperando tía Belu .Si seguís así te voy a ganar.
Miré el tablero y tomé conciencia de que había jugado en forma automática, mis pensamientos no me impedían colocar palabras, hablar y hasta discutir con el pequeño monstruo que me llevaba una buena diferencia en los puntajes. El niño o bien era un creativo nato o se había tragado el diccionario. No lo tenía claro… pero… yo era una experta en eso de no tener las cosas demasiado claras.
Me ganó. Con un puntaje abismal que podría avergonzar a cualquiera.
Todos los pases los discutí, inútilmente… Terminamos, le di un gran abrazo y un “te felicito”. No sé si era merecido, tal vez Franchu está muy entrenado en las pequeñas tramoyas que aprende de su madre y pone en acción con ingenio, disimulo y buenas mañas, presagio de que en esa pequeña semilla está el árbol frondoso de un abogado de raza.
Mientras me despedía le dije a Merin que me llamara si necesitaba algo.
Me sonrió, asintiendo con un “hasta el sábado... Espero poder ir”.

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